jueves, 10 de abril de 2014

EL SARGENTO STUBBY, UN SORPRENDENTE HEROE DE GUERRA

   Este año se conmemora el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial. La Gran Guerra. Lejos de entrar en los motivos que desencadenaron el conflicto bélico más grande y cruento de la historia de la humanidad, en el que participaron treinta y dos naciones y setenta millones de combatientes, o en las devastadoras consecuencias para la economía europea y mundial que provocó una contienda que se prolongó por espacio de casi cuatro años y medio, quiero centrar esta entrada en un héroe sorprendente que vivió en primera persona las miserias del soldado de trinchera, encuadrado en el 102º Regimiento de Infantería de la 26ª División Yankee de Massachussets, ganándose el respeto y la admiración de todos sus compañeros de armas, por su arrojo, valentía, sacrificio y sentido de la camaradería en el campo de batalla. Y todo a pesar de su pequeña estatura –Stubby significa “achaparrado” en inglés- y a su sorprendente corta edad. Porque Stubby entra por primera vez en combate a la tierna edad de un año. En realidad, cuando comienza la Gran Guerra Europea, allá por julio de 1914 y mientras franceses, británicos y alemanes se están repartiendo cera de lo lindo por esos embarrados campos de batalla europeos, Stubby aún no había nacido. Tampoco Estados Unidos, el país que lo vio venir al mundo y lo acogió en su seno, había entrado en guerra. ¿Increíble? No tanto si seguimos leyendo. Todo tiene su explicación.

   La historia del sargento Stubby comienza en abril de 1917, cuando finalmente Estados Unidos entra en guerra y nuestro protagonista es un pequeño ser que deambula por las inmediaciones de la Universidad de Yale, donde fuerzas de la Guardia Nacional estadounidense, concretamente el 1º de Connecticut de la zona de Hartford y el 2º de Connecticut de la zona de New Haven, montan un campo de entrenamiento e instrucción para mandar a sus muchachos con un mínimo de entrenamiento a la picadora de carne europea. A pesar de los esfuerzos de reclutamiento, ninguno de los dos regimientos logra reunir el número mínimo de efectivos necesario para formar un regimiento independiente de combate, por lo que el 1º y el 2º de Connecticut se unen para formar el 102º Regimiento de Infantería, asignado a la 26 División de Massachussets, la famosa división Yankee. Es en esta época cuando Stubby se une al Regimiento. Para quien aún no lo haya adivinado, Stubby es un feo chucho abandonado de raza indeterminada que vive en un inmundo cubo de basura en la Universidad de Yale.
    
   Un buen día, el soldado John Robert Conroy se cruza con el famélico animal y se apiada de él. Comienza a dejar comida fuera del barracón para que el animal se vaya acercando sin miedo y coja confianza. Con el paso de los días, el perro se va ganando a los muchachos de la compañía gracias a su simpatía e inteligencia, al punto que empieza a dormir dentro del barracón, junto con los soldados. Después de sólo unas pocas semanas merodeando por el campo de instrucción, observando a los soldados desfilar a diestro y siniestro realizando todo tipo de maniobras soldadescas, el perro aprende de memoria los malditos toques de corneta, ejecuta a la perfección las maniobras de marcha con los hombres, y -esto es lo más sorprendente- aprende a identificar a los oficiales superiores del resto de la tropa y a saludarlos reglamentariamente, poniéndose a dos patas con los cuartos traseros y llevándose la pata delantera derecha a la frente, en un perfecto saludo militar. Estaba claro que Stubby había nacido para la vida castrense.

   En octubre de 1917, cuando la 26 División se embarca hacia Francia a bordo del SS Minnesota, el soldado Conroy sube a bordo de contrabando a Stubby, escondido en su abrigo. Entonces las mascotas no podían llevarse al frente. Ahora creo que tampoco. Conrad, con la complicidad de otros compañeros de armas, mantiene escondido a Stubby en la carbonera hasta que el buque se adentra en alta mar. A los pocos días, los chicos llevan al perro a cubierta para que respire aire puro y juegue con ellos. La travesía hasta la Francia en guerra transcurre sin mayores contratiempos, entre las risas y el buen rollo de los soldados y marineros del Minnesota por las ocurrencias de Stubby. A uno de los maquinistas del barco, se le ocurre la brillante idea de fabricar al perro unas chapas de identificación idénticas a las de los hombres del 102º, chapas que Stubby lucirá con orgullo colgadas al cuello desde ese momento. Al llegar a Francia y desembarcar del SS Minnesota, el oficial al mando de Conroy descubre al perro escondido en su abrigo y comienza a echarle un rapapolvo al soldado de padre y muy señor mío, momento en el que Stubby aprovecha para ponerse a dos patas y saludar reglamentariamente al oficial en cuestión. No hace falta decir que en dos segundos el avispado can se metió en el bolsillo al oficial.

Stubby junto al soldado Conroy
   Con órdenes especiales en el bolsillo del soldado Conrad que permiten a Stubby acompañar como mascota a la 26 División, el 5 de febrero de 1918 el 102º de Infantería llega a las líneas del frente, en Chemin des Dames, al norte de Soissons. No corren buenos tiempos en la Francia en guerra. El Cuerpo Expedicionario Americano es considerado por los aliados como soldados de segunda clase poco fiables sin supervisión francesa, y la guerra de trincheras combinada con el gas letal, se toma su inevitable peaje en la moral de los hombres del 102º. Los alemanes, sabedores de que ese sector es ocupado por novatos soldados yankees, asedian sus líneas con fuego constante, día y noche, durante más de un mes, con el firme propósito de minar la moral. En esta situación, Stubby aporta su granito de arena levantando la moral de las tropas estadounidenses, recorriendo las trincheras arriba y abajo en mitad un tupido fuego de fusilería y de los bombardeos más feroces, con su habitual gracia y desparpajo.
  

   Su primera herida en combate se produce a consecuencia de un ataque con gas mostaza. Es llevado a un hospital de campaña cercano y cuidado como un soldado más hasta que sana, volviendo de nuevo al frente con sus compañeros del 102º. Está lesión en combate deja en su olfato una sensibilidad fuera de lo común al gas. Posteriormente, en Abril de 1918, durante una incursión para tomar al asalto Schieprey, Stubby fue herido en la pata delantera y el pecho por la metralla de una granada de mano, lanzada por los alemanes en retirada. Fue enviado de nuevo a la retaguardia para su recuperación, necesitando de una intervención quirúrgica para extraer la metralla y de seis semanas de recuperación. Como antes lo había hecho en el frente,  gracias a su buen carácter es capaz de levantar la moral de los médicos, enfermeras y soldados convalecientes. Cuando se recupera de sus heridas, Stubby vuelve de nuevo con su unidad a la rutina de las trincheras.


   Una noche de la primavera de 1918, los alemanes deciden atacar el sector ocupado por la compañía de Stubby con gas mostaza. Gracias a su fabuloso olfato, el perro olfatea antes que los hombres del 102º el agente contaminante y corre desesperado a lo largo de la trinchera, despertando a ladridos y mordiscos a los soldados, alertándolos del mortal ataque mucho antes de que las alarmas los prevengan para usar sus máscaras antigás, salvando así numerosas vidas. Después de llevar a cabo su trabajo, Stubby se aleja de la zona como alma que lleva el diablo, y no vuelven a verle el pelo hasta que el gas no se disipa por completo. Lógico si pensamos que el chucho no tenía máscara antigás.

   Después de encarnizados combates, son legendarias las excursiones de Stubby en tierra de nadie, localizando a heridos norteamericanos y alertando a los sanitarios de su posición para que sean rescatados y llevados zona segura para atender sus heridas. Y solo localizaba soldados aliados porque, por increíble que parezca, el can sabía diferenciar a la perfección el idioma inglés del alemán, conocía sin equivocarse una sola vez el uniforme alemán del norteamericano e incluso, por el olfato, distinguía a un compatriota de un boche. Un buen día de primavera de 1918, en una de sus famosas excursiones fuera de las trincheras, en el Argonne, localiza un bulto escondido entre unos matorrales. Se trata de un soldado alemán espía que está mapeando el emplazamiento de las trincheras aliadas. Cuando lo reconoce como soldado enemigo, se abalanza sobre él atacándolo y dejándolo inmobilizado, hasta que los soldados estadounidenses llegan al lugar alertados por los ladridos y se encuentran con el pastel. Por esta valerosa acción en el campo de batalla, Stubby es ascendido con todos los honores al rango de sargento, por el comandante del 102º Regimiento de Infantería de los Estados Unidos, convirtiéndose en el primer perro que logra tal puesto en el escalafón del Ejército norteamericano.

   Stubby también estuvo presente en la liberación de Chateau Thierry, donde impresionó tanto a los habitantes de la ciudad, que las mujeres le confeccionaron a medida una manta de gamuza en la que bordaron las insignias de su regimiento y las banderas aliadas. En esta manta sus compañeros añadieron su nombre, sus galones de sargento y las medallas conseguidas en combate. Porque, aunque parezca inaudito, Stubby consiguió varias medallas por su valor en el campo de batalla, la primera de ellas en el sitio de Neufchateau, muy cerca de la casa de Juana de Arco. A la manta, los hombres del 102 añadieron una guerrera diseñada de forma similar al uniforme militar estadounidense. Huelga decir que ambas prendas Stubby las lucía con total naturalidad.

Stubby, Museo Smithsonian
   Nuestro protagonista, que sobrevivió durante dieciocho meses a todos los horrores de la Gran Guerra entre el barro, las miserias y las atrocidades de los campos de batalla europeos, enrolado en el Cuerpo Expedicionario Estadounidense, participando en diecisiete de batallas y cuatro ofensivas -St. Mihiel, Meuse-Argonne, Aisne-Marne y Champaña Marne-; regresó a su país sano y salvo en brazos de su fiel amigo, el cabo Conroy, aquel muchacho que se apiadó de él en el Campus de Yale cuando apenas era un cachorro. Al llegar a su país, fue recibido como un héroe, destacando sus hazañas en la práctica totalidad de los periódicos del país. Fue nombrado miembro vitalicio de la legión americana, conoció a tres presidentes de los Estados Unidos -Wilson, Harding y Coolidge- incluidas dos visitas oficiales a la Casa Blanca, fue condecorado personalmente por el general Pershing con la medalla de oro por sus acciones humanitarias en el campo de batalla, y fue nombrado miembro vitalicio de la Cruz Roja. Entre las condecoraciones que recibió a lo largo de su vida destacan:

- La medalla francesa de la Batalla de Verdun.
- Medalla New Haven de los Veteranos de la IGM.
- Medalla División Yankee YD
- Gran Medalla de Guerra de la República de Francia
- Medalla de oro de la Humane Education Society.
- Medalla de la campaña de St Mihiel
- Medalla de la campaña de Chateau Thierry
- El Corazón Púrpura.

   A partir de 1921, acompañó a Conroy cuando éste decidió retomar sus estudios en la Universidad de Georgetown Law Center, convirtiéndose en la mascota oficial del equipo de fútbol americano “Las Hoyas de Georgetown". En el descanso de cada partido, para delirio de los aficionados, Stubby saltaba al campo haciendo toda clase de gracias empujando la pelota alrededor de todo el campo. Así pasó el resto de sus días hasta que fallece en 1926 en brazos de Conroy. Su cuerpo disecado se exhibe en la exposición “The Price of Freedom: Americans at War” sita en el Museo Smithsonian de Washington. Finalmente, en una ceremonia celebrada el 11 de noviembre de 2006, fue honrado con un ladrillo en el “Walk of Honor” de la WWI del “Liberty Memorial” de Kansas City, conmemorando el día del armisticio.


Fuentes

Sergeant Stubby: How a Stray Dog and His Best Friend Helped Win World War I and Stole the Heart of a Nation. by Ann Bausum


3 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias Juan. Añado un detalle a la historia que me dejé en el tintero: Stubby, gracias a su oído canino, escuchaba los pepinazos de la artillería alemana antes que cualquier otro soldado y, con sus ladridos, era capaz de avisar con tiempo a la tropa para que se pusieran a cubierto.

      Un saludo.

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  2. Ayer viendo un programa de TV sobre Volcanes, dijeron que muchas horas antes de que entren en erupción, los animales de la zona huyen alertados por un sentido que les advierte del peligro. Sin duda Stubby utilizó este sentido para salvar a sus compañeros. Hurra por Stubby...

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