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lunes, 9 de diciembre de 2013

EL CRIMEN DE CINTASVERDES, LA ÚLTIMA EJECUCIÓN PÚBLICA EN CÓRDOBA

   En la calle hace un frío de mil demonios pero en casa, sentado en el sillón al abrigo de la mesa-camilla, no se está tan mal. La verdad es que se está muy bien y si es acompañado de una buena historia de miedo pues mejor que mejor. Desde pequeño, siempre me ha gustado disfrutar de una buena historia de terror. Mejor si era cierta. Y eso, ni más ni menos, es lo que os propongo hoy al calor de la estufa: un nuevo viaje a la más aberrante crueldad oculta en la misteriosa mente humana. Si, amigos. El ser humano es una criatura capaz de llevar a efecto los hechos más espantosos con el fin de conseguir metas absurdas, sin ningún sentido para el resto de los mortales. Nuestro protagonista de hoy es uno de esos seres. Una persona normal, como cualquiera de nosotros que, sin previo aviso, se le cruzan los cables en un impulso irracional, cometiendo uno de los crímenes más espantosos de la historia de Córdoba, al punto que su nombre se usará desde aquél momento en una expresión muy cordobesa, para calificar el grado de maldad de una persona. 

   Para conocer las andanzas de José Cintabelde Pujazón, almeriense de nacimiento y cordobés de adopción, debemos
Jardines de La Victoria, antigua caseta de El Círculo en la actualidad
retroceder a la Córdoba de finales del siglo XIX. Pero antes de viajar a la primavera de 1890, os invito a dar un pequeño paseo por la Córdoba actual, a los lugares donde hace más de ciento treinta años se consumaron aquellos terribles sucesos. El primer lugar que debemos visitar es la finca El Jardinito, una preciosa propiedad situada en la margen izquierda de la carretera de Obejo, la CO3408, una vez pasado el hotel Abetos del Maestre Escuela. El segundo, el número 30 de la Avenida Ronda de los Tejares, lugar donde se encontraba el antiguo coso de Los Tejares, terrenos hoy ocupados por el edificio de El Corte Inglés. Y el tercero y último La Puerta de Sevilla, situada al suroeste del casco antiguo, acceso al popular barrio de San Basilio, llamada así desde la Edad Media por ser la salida que más directamente conectaba con esta provincia. 

   Una vez visitados estos lugares, ya sea forma física o por medio de la socorrida pantalla del ordenador, os propongo que me acompañéis a dar una vuelta por el real de la Feria de Nuestra Señora de la Salud del año 1890, la conocida Feria de Córdoba de nuestros días, un acontecimiento festivo que se remonta al año 1284, cuando el rey Don Sancho IV concedió el privilegio al Concejo de Córdoba para que pudiera celebrarse dos veces al año una Feria de ganado y que hasta el año 1993 se celebró en los jardines de La Victoria, abandonando para siempre el lugar donde se mantuvo desde 1820. Casi dos siglos. Porque es durante la celebración de la Feria de Córdoba, cuando se consuma uno de los mayores crímenes de la historia reciente de nuestra ciudad, perpetrado por un motivo tan trivial como una corrida de toros. Comenzamos.
  
   Lunes, veintiséis de mayo de mil ochocientos noventa. Una tarde alegre y bulliciosa bañada por el impetuoso sol cordobés. El jolgorio y las risas lo invaden todo. Una interminable fila de casetas de juguetes, chucherías y baratijas se extienden a lo largo del Paseo de la Victoria. A nuestro lado pasean jinetes flamencos a lomos de caballos bellamente engalanados, acompañados a la grupa de bonitas cordobesas tocadas con el típico sombrero cordobés. Forasteros llegados a la ciudad de los pueblos más cercanos, pasean boquiabiertos ante tan inmenso espectáculo, mientras gitanas gracejas intentan endosarles a cambio de la voluntad una ramita de romero o leerles la buena ventura. Hay cosas que nunca cambian. Ni siquiera con el paso de los siglos. En la caseta del Círculo de la Amistad, una estructura metálica de estilo modernista recientemente inaugurada, toca una de las mejores orquestas del país llegada directamente desde Barcelona. La caseta es un lugar confortable, donde los socios en su mayoría de clase pudiente y acomodada, pasan los días feriales con gran placer y displicencia hacia todo lo externo de su entorno.


Caseta del Club Guerrita
   Más allá vemos la caseta del contratista de la colocación de tiendas en el real, la de instalación de los productos de calderería y aparatos de destilación de Nicolás Pinzetti y la esbelta caseta de la Diputación Provincial. Junto a ellas, muchas y bien preparadas buñolerías y pequeñas tabernas ambulantes, donde se sirven toda clase de caldos de la tierra a precios populares. Avanzado a duras penas entre el alegre gentío, nos invade el dulzón olor de las almendras garrapiñadas. Intentando localizar la procedencia de tan delicioso aroma, encontramos a nuestra izquierda decenas de tiendas de las llamadas a real y medio la pieza, el equivalente al todo a cien de nuestro tiempo, con la diferencia que en estas se ofrece a la concurrencia, indistintamente, miles de juguetes, turrón de Jijona, peladillas, garrapiñadas, bocas e islas frescas del día en que llegaron que no tiene por qué ser hoy, botijos de la Rambla, cocos, coquitos, avellanas del país y garbanzos tostados con su capa de yeso inclusive, entre otros miles de artículos y exquisiteces. 

   Reconozco que estoy disfrutando con este agradable día de feria, tan distinto y a la vez tan parecido a la feria de Córdoba de nuestros días pero no hemos viajado a la primavera de 1890 para disfrutar de un cartucho de almendras garrapiñadas paseando por una fiesta de otro tiempo. Hemos venido en busca de una persona y su particular historia macabra y creo que sé dónde encontrarlo. Salimos a duras penas del gentío que invade el real y nos dirigimos a una zona un poco más despejada al otro lado de la calle. Estoy buscando un gran cartel taurino y no tardamos en encontrarlo. En el podemos leer lo siguiente: 


PLAZA DE TOROS.
Con superior permiso, en la ciudad de Córdoba,
CORRIDA DE TOROS DE MUERTE 
en la tarde del 27 de mayo de 1890 y si el tiempo lo permite;
se lidiarán SEIS HERMOSOS TOROS, SEIS de la GANADERIA de D. José Orozco,
a manos de los ESPADAS Rafael Molina “Lagartijo”, Manuel García “El Espartero” y Rafael Guerra “Guerrita”.
Mandará y presidirá la plaza la autoridad competente.


   Lagartijo, Espartero y Guerrita, casi ná. Los más grandes toreros del momento compartiendo cartel. Dos cordobeses (Lagartijo y Guerrita) contra un sevillano (El Espartero) que además de ser rivales en el ruedo, en lo personal no se pueden ni ver. Sobre todo El Espartero y Guerrita. Y junto al cartel, con la mirada perdida y sin un duro en la faltriquera, encontramos a nuestro protagonista, José Cintabelde Pujazón, “Cintasverdes” para los compadres y amigos; un albañil de origen almeriense gran aficionado a los toros. Vive “arrejuntao” con una joven del barrio de Santa Marina llamada Teresa Molinero, madre también de su hija.

José Cintabelde
   Pepe Cintabelde vive obsesionado con asistir a esa corrida, la corrida del siglo, pero una mala racha lo ha llevado a dejarlo sin blanca. La falta de trabajo, su mala cabeza y peligrosas compañías lo han llevado a esta situación. Pero Cintabelde cuenta con que su amigo Juan Castillo, capataz de la finca El Jardinito, le preste los cuartos para asistir a tan grandioso espectáculo. Se lo debe. Además, sabe que a Juan le ha ido bastante bien en la feria de ganado. Ha sacado un buen pellizco vendiendo un puñado de vacas a buen precio y no puede negarle el favor a su viejo amigo. Decidido a plantarse mañana a primera hora en la finca El Jardinito, pone en marcha sus pies y perdemos sus pasos entre el gentío que abarrota el real de la feria. No importa, mañana temprano lo esperaremos en las inmediaciones de la carretera de Obejo para seguir sus andanzas. Mientras llega esa hora, os propongo tomar una fría horchata o lo que se tercie en la heladería ambulante de los hermanos Puzzini. Me han soplado que este año Fester Puzzini la ha montado en uno de los solares de la Avenida Gran Capitán. 

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Coso de Los Tejares
   Son las diez de la mañana del 27 de mayo. Pepillo Cintabelde camina solo aunque bien acompañado por su fiel navaja en el bolsillo y un pistolón al cinto cargado con seis balas. Nunca se sabe qué puede acechar por esos solitarios caminos de la sierra cordobesa. Por sus ropas y su forma de andar, parece que la noche se ha prolongado más de la cuenta en el real de la feria. Alguien podría decir que va un poco ahumado, perjudicado pero es una impresión subjetiva. Tras una larga caminata, alrededor de las once de la mañana llega a la finca El Jardinito. Conoce el lugar como la palma de su mano, no en vano trabajó allí durante un tiempo en compañía de Teresa, su sufrida compañera. Se dirige al caserón principal donde espera encontrar a su amigo Juan Castillo, al que dará un fuerte abrazo, reirán juntos con algún que otro chascarrillo, lo invitará a un trago y le prestará las 2,85 pesetas de la entrada general de sol. 

   En eso está pensando cuando a mitad de camino se encuentra con José Bello, el guarda de la finca. Tras el saludo pertinente y a la pregunta de José de qué hace por allí, Pepillo responde que viene en busca de Juan a pedirle un favor. El guarda le contesta que Juan no está por allí, que no se le espera en todo el día porque ha ido a la feria de ganado y que posiblemente pase la noche en Córdoba. Cintabelde ve como se desmorona ante las narices su bonita tarde de toros pero no está dispuesto a quedarse sin ver torear al Guerrita. Sabe que el capataz guarda el dinero en su casa, ese caserón que tiene a pocos pasos, tan cerca y tan lejos e idea un nuevo plan sobre la marcha. Para entrar en la casa y tomar el dinero primero tiene que deshacerse del guarda y la mejor forma que se le ocurre es pidiéndole como obsequio para Teresa y su pequeña hija un puñado de esas jugosas naranjas que cultivan en la finca, famosas en toda la provincia. Eso le dará el tiempo necesario para entrar en casa del capataz, coger el dinero, esperar a que vuelva el guarda y regresar a casa con las naranjas y los cuartos como si no hubiera pasado nada. 

   Cuando Cintabelde ve perderse al guarda en el interior del almacén anexo al caserón, corre como alma que lleva el diablo en dirección a la casa del capataz, abre de un fuerte empujón la puerta y se da de bruces con la cara perpleja de Antonia Córdoba, esposa de Juan Castillo, afanada en las tareas de la casa, y sus dos pequeñas hijas de seis y dos años, que corretean alegremente por la estancia. Petrificado en el dintel de la puerta y maldiciendo para sus adentros por no haber contado con la familia del capataz, apenas reacciona al saludo de Antonia y a la pregunta de qué hace por allí a esas horas. Al cabo de unos segundos que se hacen eternos, Cintabelde responde con dificultad que viene en busca de unas pesetas que su marido le había prometido fiar. Antonia, que nunca le ha gustado un pelo el gachó, le responde que Juan no está allí, que no volverá en todo el día y que ella no tiene dinero para prestarle. 

   Tanto contratiempo, unido a una larga noche de farra, una loca obsesión taurina y unas cortas entendederas, ocasiona el temido cortocircuito que tarde o temprano se produce en toda mente perturbada. Pepillo sabe que esa mala mujer lo está engañando. Conoce el escondrijo de los cuartos de cuando él trabajó en la finca y no está dispuesto a marcharse con las manos vacías. Con el rostro desencajado y los ojos bañados en furia, saca la pipa que llevaba sujeta al cinto, apunta a Antonia y le descerraja un tiro en la cara al tiempo que murmura entre dientes que no se moleste, que él mismo cogerá el dinero. Su cabeza enloquecida no aguanta una explicación más. 

   La detonación del arma alerta al guarda de la finca que acude entre extrañado y alarmado a la casa del capataz. Al entrar en el comedor se encuentra con la espantosa escena. A un lado de la estancia, bañada en un charco de sangre, se da de bruces con el cuerpo y el rostro irreconocible de la que parece ser “la Antonia”; al otro lado, como una aparición, el chiflado de Cintabelde lo está apuntando con lo que parece un enorme pistolón. Sin mediar palabra, Pepillo aprieta el gatillo pero del cañón del arma no sale absolutamente nada. Solo se oye un ridículo “clic”. Harto de tantas dificultades, mientras echa mano a su navaja, se abalanza sobre el guarda al que asesta varias cuchilladas sin darle opción a defenderse. Se escuchan gritos infantiles provienen de interior de las cocinas pero Cintabelde no hace caso de ellos y se dirige al escondrijo del dinero. 

Cartel de feria, año 1896
  Una vez hallado el parné, con veinticuatro duros de plata en el bolsillo y la navaja ensangrentada en la mano, se dirige a las cocinas en busca de las niñas. Estas, al verlo entrar huyen despavoridas entre gritos justo en el momento en que se abre de nuevo la puerta de la casa, dejando ver a contraluz el rostro descompuesto de Rafael Balbuena León, el arrendador de la finca, que casualmente se encontraba en el cortijo y que ha acudido tan rápido como ha podido al escuchar el extraño estampido y los gritos aterrorizados de las niñas. Cintabelde, cuya intención es no dejar testigos, se abalanza navaja en ristre sobre el perplejo hombre, asestándole una puñalada en la boca y rematándolo posteriormente de un tiro en la cabeza. Magdalena, la niña de seis años intenta esconderse pero Pepillo la persigue y de un solo tajo le secciona la yugular. Después de asesinar a sangre fría a la inocente Magdalena, Cintabelde vuelve sobre sus pasos y encuentra a Maria Josefa, la niña de dos años, llorando desconsolada abrazada al cadáver de su madre. Haciendo gala de una extrema crueldad, agarra a la cría de los pelos y utilizando la navaja de nuevo, le corta el cuello hasta casi arrancarle la cabeza. 

   Ha sido más complicado de lo que pensaba pero al final ha conseguido su propósito: conseguir el dinero necesario para poder ver la corrida del siglo. Nada menos que veinticuatro duros de plata. Cierto que ha dejado cinco cadáveres a su espalda pero no hay testigos vivos que puedan reconocerlo. O al menos eso es lo que él cree. Tras lavarse manos y ropas en el arroyo de Las Piedras, desanda los seis kilómetros que hay desde la finca El Jardinito hasta su casa en el barrio de Santa Marina, almuerza tranquilamente, se viste con sus mejores galas y se dirige con toda la tranquilidad del mundo camino a la plaza de toros de Los Tejares, a disfrutar de una hermosa tarde taurina, convencido de no haber dejado testigos. 

   Mientras tanto, a la una y media de la tarde, unos forasteros acuden a El Jardinito con la intención de comprar naranjas, encontrándose sin comerlo ni beberlo todo el pastel. Sorprendentemente y pese a las horribles heridas sufridas, Antonia todavía conserva un hilo de vida y les susurra unas extrañas palabras a los forasteros: Cintas… verdes… En tanto uno de ellos se queda intentando mantenerla con vida, otro de ellos cabalga todo lo deprisa que puede a lomos de su borrico al cuartelillo más próximo. Allí, el teniente de la Guardia Civil, Vicente Paredes, escucha atónito el relato del forastero. Al punto, el teniente Paredes ordena ensillar los caballos y parte a galope tendido junto con un puñado de guardias camino del cortijo El Jardinito, propiedad del duque de Almodóvar del Valle. En pocos minutos llegan al lugar y tropiezan con una infernal escena de cuerpos desperdigados aquí y allá bañados en sangre. Estremecedor. A un lado del salón encuentran tendido, aún con vida, el cuerpo con el rostro desfigurado de Antonia, la casera. Cuando el teniente le pregunta quién es el causante de tamaña casquería, Antonia, muy bajito, murmura las mismas palabras incoherentes: Cintas… verdes…

   Afectado por el espectáculo que se presenta frente a sus ojos, Paredes ordena un registro de la vivienda. Dejando a un lado el comedor y la cocina, donde se han provocado los asesinatos, el orden reina en las demás habitaciones. Tan solo un detalle despierta la curiosidad de los guardias: en el dormitorio principal, un pequeño arcón de hierro ha sido forzado. No hace falta ser muy observador para darse cuenta que el asesino conoce a las víctimas y la casa. Ha ido a tiro fijo. Deja una pareja de guardias civiles a cargo de la escena del crimen y ordena el rápido traslado al hospital de Agudos del cuerpo aún con vida de Antonia Córdoba. Los esfuerzos para mantenerla con vida son inútiles y a las pocas horas muere. Para los que no conozcan el antiguo hospital de Agudos, hoy facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Córdoba, tienen una entrada dedicada en este modesto blog http://elpozodeesparta.blogspot.com.es/2013/02/lugares-de-cordoba-en-los-que-usted-no.html

Coso de los Tejares, becerrada a la mujer cordobesa
   De vuelta en la ciudad, los problemas se acumulan en la abultada agenda del teniente Paredes. A las dificultades de orden público que siempre causa la feria, se une la celebración de la corrida del siglo en el coso de Los Tejares y ahora este espantoso crimen. Cintas Verdes son las palabras que acuden una y otra vez a su mente pero nadie del cuartelillo conoce a alguien con un mote parecido ni logra relacionar esas dos palabras con una persona en concreto. Sale con sus hombres a recabar pistas por la ciudad pero no es hasta encontrarse con una pareja de municipales cuando el rompecabezas empieza a tener sentido. Paredes les pregunta por alguien llamado Cintas Verdes o algo parecido y uno de ellos le responde que por Cintas Verdes no conoce a nadie pero si que conoce a un tal José Cintabelde, un viejo conocido de la policía municipal, camorrista y ladrón de poca monta. Vive en pecado con una mujer en la calle Humosa. 

   Paredes, una pareja de guardias civiles y el policía que conoce a Pepillo Cintabelde, se presentan en el domicilio de este. Les abre la mujer con la que vive y les dice que Pepillo se ha ido a los toros. En el registro efectuado de la vivienda encuentran una chaqueta y una camisa manchadas de sangre, y un pistolón. Ya no hay dudas: Cintabelde es el hombre que buscan y encima saben donde se encuentra. A toda velocidad, se dirigen a la plaza de toros con el objetivo de atrapar al presunto criminal a cualquier precio. Será una empresa difícil pero a Paredes se le ocurre una genial idea: ordena cerrar todas las puertas de la plaza menos una, al objeto de que al término del espectáculo, los espectadores abandonen el recinto por una sola puerta. Después de un considerable revuelo del público por el engorro provocado por la lentitud del desalojo, los municipales logran identificar a Cintabelde y detenerlo con veintitrés duros de plata en los bolsillos. 
   En el interrogatorio, Cintabelde confiesa con todo lujo de detalles al saber que Antonia lo ha acusado antes de morir. Detenido y en prisión, se vuelve muy religioso y pide casarse por la iglesia con Teresa Molinero, la mujer con la que vivía amancebado. El 15 de Noviembre 1890 la Audiencia Provincial de Córdoba lo condena a la pena capital, permaneciendo en la cárcel de los Reyes Cristianos hasta el día 6 de junio de 1891, fecha en la que fue ajusticiado a garrote vil a las 8,45 de la mañana en el llano frente a la Puerta de Sevilla. Fue la última ejecución pública que tuvo lugar en Córdoba. Tenía veintiocho años. Seguro que quien se ha criado en esta tierra, alguna vez ha escuchado la expresión “Eres más malo que Cintasverdes”


Fuentes:

Crónica negra de la historia de Córdoba: (antología del crimen); José Cruz Gutiérrez, Antonio Puebla Povedano. Publicaciones de Librería Luque, 1994


Coordenadas Google Maps: 

Finca El Jardinito: 37°55'46"N   4°47'44"W
Plaza de toros de Los Tejares, hoy edificio de El Corte Inglés: 37.887482, -4.782836
Puerta de Sevilla: 37°52'30"N 4°47'8"W
Jardines de La Victoria, antigua caseta de El Círculo de la Amistad: 37.883722, -4.785472
Calle Humosa: 37° 53.396', -4° 46.260'

Fotos:

Archivo Municipal de Córdoba

jueves, 5 de septiembre de 2013

ALBERT FISH, EL HOMBRE GRIS

“Estimada Señora Budd.

En 1894 un amigo mío se enroló como asistente de plataforma en el barco de vapor Tacoma, siendo el Capitán John Davis. Viajaron de San Francisco a Hong Kong, China. Al llegar allí, él y otros dos marinos desembarcaron y fueron a emborracharse. Cuando regresaron, el barco había zarpado. En aquel tiempo había hambruna en China y cualquier tipo de carne costaba de 1 a 3 dólares la libra. Tanto era el sufrimiento de los pobres, que los niños menores de doce años eran vendidos como comida con el propósito de que los demás no murieran de hambre. Un chico o chica menor de catorce años no estaba seguro en las calles. Usted podía entrar a cualquier tienda y pedir carne, costillas o bistecs y al mostrador era traída alguna parte desnuda del cuerpo de un niño para que uno eligiera lo que más deseara. El trasero de niño o niña, que es la parte más deliciosa del cuerpo, era vendido como un corte fino a un precio alto. John permaneció ahí durante mucho tiempo adquiriendo gusto por la carne humana. A su regreso a Nueva York secuestró a dos chicos, uno de 7 y uno de 11 años de edad. Los llevó a su casa, donde los desnudó y los ató a un armario. Quemó todo lo que traían puesto. Varias veces durante los días y las noches los apaleó y torturó, con el objetivo de que la carne quedara buena y tierna. El primero en morir fue el niño de once años, puesto que tenía el trasero más grande de los dos: es decir, tenía la mayor cantidad de carne. Cada parte de su cuerpo fue guisada y comida, excepto la cabeza, los huesos y las vísceras. Todo él fue hervido, frito y guisado. El niño pequeño fue el siguiente y pasó por el mismo proceso. Por ese tiempo yo vivía en la 409 y la 100, muy cerca, por la parte derecha. Tan seguido me decía lo buena que era la carne humana, que me hice a la idea de que debía probarla también.”

“El domingo 3 de junio de 1928 llame a su puerta en la 406 oeste y la calle 15. Llevaba queso y fresas, y tomamos el almuerzo. Grace se sentó en mi regazo y me besó. Me propuse comerla. Bajo el engaño de llevarla a una fiesta le pedí que me diera permiso, a lo que usted accedió. La conduje a una casa abandonada de Wisteria Lodge  que había elegido con anterioridad, en Westchester. Cuando llegamos, le pedí que permaneciera fuera. Mientras ella recogía flores, subí las escaleras y me desnudé completamente para evitar las manchas de sangre. Cuando todo estuvo listo fui a la ventana y la llamé. Me escondí en el armario hasta que estuvo en el cuarto. Al verme desnudo, comenzó a llorar y trató de escapar por las escaleras. La sujeté y ella dijo que le se lo contaría todo a su mamá. Primero la desnudé. ¡Cómo pataleó, arañó y me mordió! La estrangulé, corté su cabeza, la partí por la mitad y me la estuve comiendo en pedacitos durante nueve días. Lo más sabroso fue su culito asado. De haber querido hubiera tenido sexo con ella, pero no quise. Murió siendo virgen”.

Esta es la siniestra carta que Albert Fish envió de forma anónima a la madre de Grace Budd,
Albert H. Fish
una de las muchas inocentes víctimas del ogro antropófago de Nueva York, uno de los más despiadados asesinos en serie de la reciente historia. “El hombre del saco, el comeniños…”, las andanzas de Albert Fish reúnen todos los mitos de las historias para no dormir que nos contaban de pequeños. Un temible ser lleno de maldad que husmea por nuestras calles en busca de tiernos infantes, a los que dar caza, secuestrar, torturar y devorar impunemente cual delicado manjar. Solo que el señor Fish no tenía aspecto de ogro malvado; su apariencia era la de un cariñoso y venerable ancianito en quien poder confiar. Una especie de abuelito de Heidi. Un ogro con piel de cordero. Cuando nos sumergimos en la asombrosa biografía de Albert H. Fish, descubrimos con horror que películas como “El Silencio de los Corderos” o novelas como “American Psycho”, parecen cuentos de los hermanos Green comparados con las andanzas de este brutal psicópata, capaz de asar al horno el tierno culito de un niño, aderezado con zanahorias, cebollas y tocino. La mente humana es un oscuro pozo sin fondo. Comenzamos.

Albert H. Fish nació en Washington DC el 19 de mayo de 1870 y como la mayoría de las mentes perturbadas, sufrió una terrible infancia. Una madre que escuchaba voces por la calle, dos tíos suyos con antecedentes psiquiátricos, unos hermanos alcohólicos, un abandono y posterior ingreso con cinco años en el orfanato de San Juan, uno de los centros más despiadados de Washington y por extensión, del país, no son una agradable carta de presentación para cualquier niño que intenta abrirse camino en la feroz sociedad americana de finales del siglo XIX. En aquél tenebroso orfanato, al recibir castigos y palizas por parte de sus cuidadores y compañeros, el joven Albert descubre un extraño gusto por el dolor. Placer que también se manifiesta cuando el propio Albert infringe daño al prójimo, como descubre extasiado desmembrando a pequeños animales domésticos.

Cuando cumple nueve años, su madre consigue en empleo estable y es capaz de cuidar de él pero todo lo vivido dentro de la institución lo marcará para siempre. Su huida sin retorno a la perversión comienza en 1882 a la tierna edad de doce años, al descubrir el placer sin límites practicando la coprofagía. Se ignora como arribó a la postura de llegar a comerse sus propios excrementos. Como he dicho con anterioridad, la mente humana es un oscuro pozo sin fondo.

Niña desaparecida, New York Daily News
En 1890, con una pequeña maleta con sus pertenencias y un enorme atillo de extravagancias y perversiones homosexuales a la espalda, Albert Fish llega a Nueva York. Llegar a la Gran Manzana y comenzar su carrera delictiva es todo uno. Estafas, falsificación de documentos, prostitución homosexual, violación de menores, exhibicionismo y un largo etcétera, son su particular carta de presentación en sociedad. Detenido en innumerables ocasiones a causa de sus fechorías, el joven Albert se convierte en un viejo conocido de la pasma. Los miembros del departamento de policía de Nueva York, se toman a guasa las excusas de Fish cuando es detenido y afirma que actúa siguiendo instrucciones de San Juan Evangelista. Durante este período de su juventud, es internado por la fuerza hasta en tres ocasiones en instituciones mentales. Después de las pertinentes duchas de agua fría, electroshocks y demás encantadores y a la vez ineficaces tratamientos de los manicomios de la época, el diagnóstico siempre era el mismo: “Psicopatía sexual con derivaciones hacia el sadomasoquismo. Compulsiva religiosidad. El propio paciente afirma que infringirse dolor es la única vía para expiar sus pecados”. Después del tratamiento, Albert siempre terminaba en la calle más perturbado si cabe, que cuando entró.

A pesar de su singular personalidad y de su particular historial delictivo, contra todo pronóstico Albert Fish contrae matrimonio con una mujer nueve años menor que él, e incluso tiene la friolera de seis hijos. Fue un matrimonio concertado por su madre, en un intento desesperado de que el joven Albert sentara la cabeza. Podéis pensar que este psicópata maltrataba con sanguinario placer a su esposa e hijos pero asombrosamente sus seis hijos, Alben, Anna, Gertrude, Eugene, John y Henry Fish, siempre sostuvieron que fue un padre ejemplar, atento y cariñoso, aunque algo peculiar.

Lejos de sentar la cabeza, Albert Fish  prosigue su macabro viaje sin retorno al abismo desalmado de la crueldad. Durante esta época se gana el pan con honestidad como pintor de brocha gorda, a la vez que comete abusos sexuales a niños menores de seis años de edad, mantiene esporádicamente relaciones homosexuales y acude a burdeles para conseguir placer a base de ser azotado y golpeado con vileza.

Pero el total cortocircuito de su maltrecho cerebro se produce cuando su esposa, harta de sus frecuentes visitas a burdeles, lo abandona llevándose a sus hijos. En la soledad de su triste pensión, Fish comienza a escuchar voces; una le dice que debe sacrificar a uno de sus hijos para expiar sus pecados, otra le revela que él es en realidad Jesucristo reencarnado.

Grace Budd
Se cree que la primera víctima de su particular holocausto caníbal fue un niño llamado Thomas Bedden, en la ciudad de Wilmington (Delaware) en 1910. A este le siguieron otros como la dulce Grace Budd, de 10 años, la indefensa víctima de la macabra carta al principio citada; Yetta Abramowitz, de 12 años de edad, estrangulada y golpeada en el tejado de un edificio de apartamentos en el Bronx; Mary Ellen O'Connor, 16 años de edad, cuyo cuerpo mutilado fue hallado en los bosques cercanos a una casa que Fish había estado pintando en Queens; Francis X. McDonnell de 8 años de edad, muerto en Staten Island; Emil Aalling, de 4 años de edad, asesinada el 13 de julio de 1930; Benjamin Collings, de 17 años de edad... pero el más cruel de sus asesinatos documentados lo sufrió en sus carnes el 11 de febrero de 1927 un niño de cuatro años llamado Bill Gaffney. Bill estaba jugando junto con su amigo Billy Beaton, de tres años, en la entrada del edificio de apartamentos donde vivían cuando “a Bill se lo llevó el coco” como declaró a la policía un traumatizado Billy Beaton. Esta es la confesión del propio Albert Fish sobre el destino del pobre chico:

Lo llevé a los vertederos de Rider Avenue. Ahí hay una casa que permanece sola, no lejos de donde me lo llevé. Llevé al chico ahí. Lo despojé, desnudé, até sus manos y pies y lo amordacé con un harapo sucio que recogí en el vertedero. Entonces quemé sus ropas y arrojé sus zapatos al vertedero. Regresé y tomé el tranvía de 59 Street a las 2 a.m. y caminé de ahí a casa. Al siguiente día cerca de las 2 p.m., llevé herramientas, un muy buen látigo de nueve colas. Casero. Con mango corto. Azoté su trasero descubierto hasta que la sangre corrió por sus piernas. Corté las orejas, la nariz, corte la boca de oreja a oreja. Le saqué los ojos. Entonces ya estaba muerto. Enterré el cuchillo en su vientre, acerqué mi boca a su cuerpo y bebí su sangre. Recogí cuatro sacos viejos de patatas y reuní una pila de piedras. Entonces lo corté en pedazos. Tenía un fardo conmigo. Puse su nariz y oreja y unas cuantas rajas del vientre en el fardo. Entonces lo corté por el centro de cuerpo, justo debajo del ombligo. Continué a través de sus piernas hasta aproximadamente 2 pulgadas debajo de su trasero. Puse esto en mi fardo con mucho papel, le corté la cabeza, pies, brazos, manos y las piernas debajo de la rodilla. Coloqué todo esto dentro de los sacos pesados con piedras, los até y los arrojé en las fosas de agua fangosa que usted verá a lo largo del camino que va a North Beach. Regresé a casa con mi carne. Me quedé con las partes de su cuerpo que me gustaban. Su pene, sus testículos y un agradable y gordo trasero, para asar en el horno y comer. Hice un estofado con sus orejas y nariz, pedazos de su cara y el vientre. Puse cebollas, zanahorias, nabos, apio, sal y pimienta. Estaban buenos. Entonces partí su trasero corté el pene y los testículos y los lavé primero. Puse tiras de tocino en cada nalga y las puse en el horno. Escogí 4 cebollas y cuando la carne había asado cerca de 1/4 de hora, vertí un poco de agua para la salsa de la carne y puse las cebollas. A intervalos frecuentes rocié su trasero con una cuchara de madera. Así la carne sería agradable y jugosa. En casi 2 horas, estuvo buena y doradita, cocinada. Nunca comí algún pavo asado que tuviera la mitad del sabor que este dulce gordo y pequeño trasero. Comí cada bocado de carne durante casi 4 días. Su pequeño pene era dulce como la nuez, pero sus testículos no pude masticarlos. Los arrojé por el retrete.

El inspector Will King, de la policía de Nueva York, es el encargado en un principio del caso de la
Fish rodeado de periodistas. A la izquierda el inspector Will King
desaparición de Grace Budd. King es el clásico detective de las películas policiacas de los años veinte: sombrero, semblante curtido, eterna gabardina, y cigarrillo en los labios son su tarjeta de visita. Personaje versado en los bajos fondos de la metrópoli, sospecha desde un principio que la desaparición de Grace no es un suceso aislado y que, con toda probabilidad, está relacionado con otras extrañas desapariciones de niños ocurridas en los últimos años. El inspector King está desesperado. Parece que a Grace se la haya tragado la tierra pero no abandona la investigación. Dedica seis largos años de su vida al caso. Se obsesiona, se juega su prestigio, sus amistades y sus contactos en el departamento de policía pero, pese a su legendaria intuición, no encuentra pistas con que atar cabos. A punto de irse su carrera por el sumidero, el caso cobra un impulso inesperado cuando la familia Budd recibe la macabra carta anónima. Al someter a un análisis detallado los folios y el sobre que el presunto asesino ha enviado, King descubre un pequeño símbolo hexagonal en el sobre, casi inapreciable, con las siglas "N.Y.P.C.B.A." o lo que es lo mismo "Asociación Benevolente Privada de Chóferes de Nueva York", una especie de Mutua Aseguradora. Por fin una pista fiable.

Los hombres de King acuden raudos a la aseguradora y en los interrogatorios al personal descubren que Lee Siscoski, un modesto conductor de la compañía, había tomado “prestadas” algunas de esas hojas y sobres pero los había dejado olvidados cuando se mudo de su antigua habitación alquilada en la calle 200 East 52nd Street. King, astuto como un coyote de Arizona, acuerda con sus hombres no acudir en tropel a la pensión para no ahuyentar al posible sospechoso. Acudirá él solo a la pensión y se inscribirá como huésped.

James Dempsey, abogado de Fish, preparando la defensa
Ya en el mismo libro de registro del hostal, King comprueba que la caligrafía de la carta enviada a los Budd se corresponde con la de un inquilino alojado en la pensión, llamado Albert H. Fish. Durante días King vigila cada movimiento de Fish sin que éste sospeche nada, hasta que buen día decide esperarlo en la puerta de la habitación para llevarlo a comisaría e interrogarlo. El ya anciano Albert Fish, no pone ninguna objeción pero cuando están en la puerta, Fish saca una navaja del bolsillo con la que amenaza al inspector. Desarmado sin esfuerzo por King, Albert Fish es llevado a comisaría donde, ante toda la plana mayor del cuartelillo, canta sin ningún pudor todas sus tropelías.

En el posterior registro de la habitación alquilada de Fish, se encontró en un baúl gran cantidad de recortes de periódico con noticias de entre otros, las fechorías cometidas por un viejo conocido de El Pozo de Esparta: Fritz Haarmann, el carnicero de Hannover, otro asesino comeniños al que dedicamos una agradable entrada hace unos meses. La podéis disfrutar de nuevo aquí: http://elpozodeesparta.blogspot.com.es/2013/06/fritz-haarmann-el-carnicero-de-hannover.html Es el 13 de diciembre de 1934.

Albert Fish, radiografía de su pelvis
Ante la monstruosidad de la declaración de Albert Fish, la policía solicita un examen psiquiátrico del sospechoso. Los psiquiatras, asisten estupefactos al testimonio del ogro de rostro afable. Revela el inmenso placer que siente inflingiéndose dolor, derramando su propia sangre. Cuenta como utiliza un palo largo en cuya punta ha colocado varios clavos afilados, para golpearse la espalda repetidamente hasta sangrar. Explica el deleite que experimenta al introducirse en el ano un algodón impregnado en alcohol y prenderle fuego, una práctica que también probó con alguna de sus víctimas. Pero sin duda, lo que más entusiasma a Fish es insertar largas agujas de marinero en su pelvis y testículos. Incrédulos, le realizan una serie de radiografías para comprobar tal extremo, encontrando en el interior de su cuerpo un total de veintinueve agujas, algunas de ellas ya oxidadas. Pero la tragedia alcanza la categoría de horror cuando Fish confiesa con profusión de detalles, la cantidad de niños asesinados y devorados con posterioridad. La policía baraja la cifra de 400, la fiscalía rebaja la cifra a 100.

Los psiquiatras emiten su diagnóstico y no puede ser más concluyente. En Fish se detectan varias anomalías, entre ellas sadismo, masoquismo, castración, exhibicionismo, voyeurismo, pedofilia, coprofagía, fetichismo, canibalismo e hiperhedonismo. Él tras escucharlo se limita a decir: “No soy un demente, solo soy un excéntrico”.

Albert Fish acomodándose en la vieja chispas, penal de Sing Sing
El juicio de Albert Fish comienza el lunes 11 de marzo de 1935 en White Plains, New York y dura un total diez días. Basándose en los informes de los psiquiatras, James Dempsey, abogado defensor de Fish, alega locura y explica al jurado como su cliente afirmaba escuchar voces de Dios que le ordenan sacrificar a niños. A pesar de los informes psiquiátricos y de la declaración a la corte del psiquiatra Fredric Wertham, afirmando sin ninguna duda de que Fish era un demente, el jurado lo declara cuerdo y culpable de asesinar a quince niños sangre fría. El juez Frederick P. Close lo condena a morir electrocutado en la silla eléctrica. Las declaraciones de Albert Fish a la prensa tras conocer el veredicto fueron estas: “Qué alegría morir en la silla eléctrica. Será mi último escalofrío, el único que todavía no he experimentado.”

El 16 de enero de 1936 Albert H. Fish es ajusticiado en la silla eléctrica del penal de Sing Sing. Es la persona de mayor edad que recibe la pena capital. Entró a la cámara de ejecución a las 11:06 p.m. y tras una primera descarga fallida debido a un cortocircuito producido por las agujas insertadas en sus testículos, fue declarado muerto a las 11:09 p.m.

Para los amantes del cine de terror, existe una película reciente basada en las andanzas de este viejo pedófilo, el asesino en serie más despiadado que haya pisado el suelo de los Estados Unidos. “THE GRAY MAN” del año 2007, dirigida por Scout L. Flynn y protagonizada por Patrick Bauchau, Jack Conley y John Aylward, entre otros. Si bien la trama solo se centra en la desaparición y asesinato de Grace Budd, merece la pena verla para disfrutar del espléndido papel de Patrick Bauchau caracterizado en la piel del viejo sátiro de Albert Fish.




Fuentes:

Pasajes del Terror; Juan Antonio Cebrián Ed. Nowtilus año 2003

Fotos:

© Bettmann/CORBIS
New York Daily News http://www.nydailynews.com



miércoles, 5 de junio de 2013

FRITZ HAARMANN, "EL CARNICERO DE HANNOVER"

   Estamos en una modesta buhardilla situada a orillas del río Leine, en Neustrasse, el barrio de los ladrones y los excluidos de la ciudad alemana de Hannover. Una estancia pequeña pero con encanto, cierto aire bohemio y unas magníficas vistas al Leine. Podría ser un lugar encantador si nuestro protagonista hubiera puesto más esmero en la limpieza y decoración, y si no fuera porque Friedel Rothe, un chico de apenas 17 años, yace inerte encima de la mesa. Tiene la garganta seccionada y arrancadas la traquea y la carótida a mordiscos. Su cabeza, unida al tronco por apenas un jirón de tejido muscular, cuelga de forma grotesca de un extremo de la mesa, mientras la sangre que aun mana del cuello destrozado a dentelladas, va formando un enorme charco oscuro entre las cuatro patas de la mesa. Antes de morir, el infeliz ha sido violado y cruelmente torturado por una de las mentes criminales más sádicas de la historia. Un ogro que, no contento con el despiadado crimen que acaba de cometer, va a seguir ensañándose con el cadáver de Friedel Rothe de una forma que nadie en su sano juicio podrá imaginar.

   Ataviado con un delantal de carnicero, se dispone a desmembrar, deshuesar y descuartizar el cadáver para después venderlo como carne de caballo a sus vecinos. Y no faltarán compradores. En una época de crisis económica y escasez de productos de primera necesidad, venderá todo el género en pocos minutos obteniendo con ello pingües beneficios. El bajo precio, el aspecto y la frescura de la carne, ayudarán a la venta. Con tanta destreza como carencia de escrúpulos, suculentos trozos de carne del pobre infeliz de Friedel Rhote van llenando los cubos con los que alimentarán a los vacíos estómagos de los vecinos de Neustrasse.

   Nos encontramos en el año 1919, en la paupérrima Alemania de entreguerras, observando el lado más tenebroso de la condición humana, la crueldad sin límites, las tinieblas del mal. Los estómagos más sensibles aún están a tiempo de abandonar la nave. Comenzamos.

Fritz Haarmann
   A la hora de definir la personalidad de Fritz Haarmann, cualquier apelativo se queda corto. Su vida, desde la más tierna infancia, reunió todos los ingredientes y alguno que otro más, para formar parte con todo merecimiento del Top Five de las mentes más enfermas de todos los tiempos. Nacido en 1879 en el seno de una familia de escasos recursos, pronto se vio envuelto en el infierno que supone tener que ser criado por dos progenitores alcohólicos que resolvían cualquier problema a mamporros, por muy trivial que fuera la cuestión. Su madre, que además de beoda, no debía estar muy bien de la azotea, lo trataba como si fuera una niña. Siempre iba ataviado con ropa de niña, incluso al colegio, con el pelo adornado con bonitos lazos, lo que provocaba que fuera el hazmerreír de sus compañeros de clase. Su padre, cuando volvía a casa a dormir la mona y lo veía vestido de muñeca, encendía toda su cólera y le propinaba terribles palizas ante la mirada vidriosa y ausente de mamá. No hay que descartar que su madre lo vistiera de niña solo por cabrear a su padre. Cosas más raras se han visto.

   Aquél hogar era un auténtico infierno. Sus hermanas mayores pronto huyeron de la morada familiar para terminar malviviendo en cualquier apestoso rincón, mientras que el padre de Fritz, preocupado por la pinta afeminada de su hijo, lo mandó a una academia militar para que se curtiera y olvidara las combinaciones y las medias de encaje, hecho por el que odió y culpó a su padre el resto de su vida. No tardó en encontrar la forma de ser expulsado ipso facto de la academia y ahí se le pierde la pista hasta que, con diecisiete años, es detenido por acosar sexualmente a menores. Después de ir vestido de niña durante casi toda su corta vida, de jugar con muñecas y de ser obligado por su madre a comportarse como una niña, a nadie debería extrañar que Fritz Haarmann fuera homosexual. Lo de que al ser detenido comenzase a sufrir de fuertes ataques de epilepsia es algo más que añadir a su desafortunada suerte. Desafortunada porque, si bien en la actualidad sufrir de epilepsia es algo aceptado y medicamente controlado, a finales del siglo XIX, el epiléptico tenía todas las papeletas en el sorteo extraordinario de unas prolongadas vacaciones a una agradable y tranquila institución mental, una habitación acolchada y un bono de veinte sesiones de descargas eléctricas y duchas de agua fría.

  
Embutidos vendidos de estraperlo por Haarmann

Después de recibir el alta médica, Fritz se dedica a engrosar su currículo de criminal de poca monta, con hurtos aquí y allá, pequeños altercados, algún negociete poco claro y por supuesto, a perseguir a adolescentes con fines oscuros. Al estallar la Gran Guerra, Haarmann se libra de ser llamado a filas debido a sus antecedentes psiquiátricos. Es durante este tiempo cuando aprende el oficio de carnicero, vendiendo carne de cerdo y caballo en el mercado negro. Por fin, después de tantos años de calamidades, a Fritz las cosas le empiezan a marchar medio bien. El floreciente negocio de la carne de contrabando le permite adquirir una pequeña buhardilla en un barrio marginal de Hannover, a orillas del Leine, donde se muda a vivir. Su calamitoso pasado de palizas, humillaciones y electroshocks ha quedado atrás. Es tratado con respeto por sus vecinos e incluso, gracias a sus contactos en los bajos fondos, ahora trabaja como colaborador y confidente de la policía. Hasta le han dado una placa y todo. Fritz Haarmann se siente importante.

   Pero su alegría no va a durar mucho. Al término de la Gran Guerra, las potencias vencedoras asfixian económicamente a la ya de por sí empobrecida Alemania. Si durante la guerra era complicado encontrar productos de consumo frescos como la carne, ahora se torna una misión imposible incluso en el mercado negro. Con su negocio de venta de carne de contrabando en paro forzoso y su anhelada vida respetable a punto de irse por el sumidero,  Haarmann idea un método tremendamente sencillo para mantener siempre su negocio abastecido de carne fresca al tiempo que da rienda suelta a sus instintos pederastas.

Buhardilla de Fritz Haarmann en el 27 Cellestraße, Hannover
   La guerra ha dejado a miles de muchachos sin hogar y sin familia, que vagabundean por las calles buscando un trozo de comida que llevarse a la boca. Chavales, su secreta pasión, que se agolpan en las estaciones de tren buscando un techo donde cobijarse y la oportunidad de conseguir un plato caliente por parte de algún alma caritativa o de un empleo por miserable que sea, que le proporcione amparo y alimento. Es aquí donde Fritz  Haarmann, “el carnicero de Hannover”, encuentra su particular granja de suministro de carne fresca y de paso, cuerpos jóvenes con los que desatar sus más oscuras pasiones. Haciendo uso de la placa que la policía de Hannover le entregó por su condición de soplón, se acerca a estos jóvenes muchachos haciéndose pasar por inspector de policía, eligiendo a los más inocentes de edades entre los doce y los dieciocho años, prometiéndoles un plato de comida y un techo donde dormir mientras hace gestiones para encontrarles un trabajo con el que ganarse la vida de forma decente.
  
   Es así como engaña a su primera víctima, Friedel Rothe, el chico de diecisiete años que conocimos al principio de ésta entrada. Con la ayuda de Hans Grans, su amante, Haarmann sometía a sus víctimas a toda clase de terribles vejaciones, terminando el sanguinario espectáculo con la muerte a mordiscos del chico. Una vez saciado, los socios se prestaban a descuartizar el cadáver con la destreza de un buen carnicero, deshuesando los pedazos y fabricando salchichones, salchichas y morcillas con las vísceras y despojos. Todo el género era vendido al día siguiente en el mercado negro a precio de derribo, como carne de cerdo y caballo. Los huesos eran metódicamente triturados, metidos en bolsas de basura y repartidos por los alrededores del parque Herrenhausen. Con el tiempo se cansó de moler los huesos de sus víctimas y, con todo el descaro del mundo, comenzó a arrojarlos por la ventana de su buhardilla para caer al cauce del río Leine. Hecho que con el tiempo, como veremos, fue su perdición.

Huesos recuperados del fondo del río Leine
   Entre 1918 y 1924 las denuncias por desaparición de adolescentes en Hannover fue muy elevada pero a nadie pareció extrañarle. Los chicos que desaparecían sin dejar rastro, casi siempre eran vistos por última vez merodeando por las inmediaciones de la estación de trenes. Las autoridades, más preocupadas en solucionar las enormes necesidades de todo tipo de la población, generadas a causa de la Primera Guerra Mundial, le prestaban escasa atención a este tipo de denuncias. Por tanto, la impunidad con la que actuaba Fritz  Haarmann era total.

   El principio del fin llegó la mañana del 17 de mayo de 1924, cuando unos niños que jugaban en la orilla del río, descubrieron con asombro un cráneo humano. Cuando la policía se acerca al lugar, descubren nuevos fragmentos de hueso que tienen toda la pinta de ser humanos, por lo que ordenan el dragado de esa zona para intentar averiguar la identidad y procedencia de aquellos restos. El resultado de los trabajos no pudo ser más espantoso. Nada menos que quinientos huesos, o lo que es lo mismo, los despojos de veintitrés cadáveres de muchachos jóvenes, fueron recuperados de entre los lodos del fondo del Leine.

Haarmann detenido
   La policía inicia las pesquisas y pronto comienza a atar cabos al relacionar las desapariciones de adolescentes con aquellos huesos encontrados. Después de más de cinco años de denuncias caídas en saco roto, comienzan a investigar en serio las desapariciones de adolescentes y las pistas les llevan hasta Fritz  Haarmann, un viejo conocido de la pasma, soplón para más señas, con antecedentes por intento de violación y acoso a menores. La policía comienza a seguir con discreción a Haarmann, hasta que descubren que suele merodear con bastante frecuencia por los alrededores de la estación de trenes, lugar donde muchos de los muchachos desaparecidos fueron vistos por última vez. Finalmente, el 22 de junio de 1924, Fritz  Haarmann es detenido por conducta inmoral, al ser pillado in fraganti intentando engatusar a un adolescente para que lo acompañara a su casa.

La policía encuentra pelo humano en la estufa de la buhardilla
   Los agentes, en un intento de encontrar pruebas contra él, acuden a registrar su buhardilla, quedando horrorizados al darse de bruces con una dantesca casquería. La sangre salpica las paredes de la modesta buhardilla; huesos, carne y vísceras se encuentran desparramados por toda la estancia, y en un rincón de la cocina encuentran una enorme cantidad de embutido preparada y lista para ser comercializada. Fritz intenta justificarse diciendo que durante estos últimos años se ha dedicado al comercio de carne de caballo y cerdo en el mercado negro, como todos sus vecinos podrán corroborar, ya que todos ellos le habían comprado sus excelentes productos durante todo este tiempo. Una coartada que pronto se desmorona cuando los investigadores encuentran grandes cantidades de ropa y objetos personales pertenecientes a las victimas desaparecidas. Ante la magnitud de las pruebas, no tuvo más alternativa que confesar sus crímenes ante los estupefactos rostros de la policía.

Juicio contra Fritz Haarmann y Hans Grans
   El 14 de diciembre de 1924 se inicia el juicio oral contra Haarmann con la presencia de cerca de 200 testigos. Lejos de negar los hechos, el carnicero de Hannover relató sus andanzas con tenebrosa sangre fría, ante el tribunal, abogados, testigos, familiares de las víctimas, público y periodistas, sin ahorrarse ningún detalle. Confesó cómo elegía a los jóvenes según la indumentaria que llevaban, cómo los embaucaba con falsas promesas para llevarlos a su casa, cómo eran vilmente ultrajados sexualmente llevando a efecto todo tipo de humillaciones para, finalmente, matarlos a mordiscos en el cuello, beberse su sangre e incluso comerse algunas partes de su cuerpo. 

"Me gustaba hacerles dos cortes en el abdomen y poner sus intestinos en un cubo. Les aplastaba los huesos del cuello, les rompía los hombros y absorbía toda su sangre. Después, les sacaba el corazón, los pulmones y los riñones, los picaba y los metía en un cubo; deshuesaba la carne y tiraba los huesos por el inodoro o por la ventana, directos al río. Siempre he odiado hacer esto pero no pude evitarlo. Mi pasión por los jovencitos era mucho más fuerte".

Fosa común con los restos recuperados, cementerio de Hannover
   Con media sala del tribunal horrorizada y la otra media en los aseos con las tripas revueltas ante nauseabunda confesión, llega el momento cumbre del testimonio cuando Haarmann decide contestar con despiadada sinceridad a las insistentes preguntas de la fiscalía, sobre el destino final de la carne de sus víctimas. La sala descubre incrédula como Fritz Haarmann vendía los finados a la población, haciéndolos pasar como carne de cerdo o caballo, ya fuera en forma de sabrosas chuletas, nutritivos bistecs, jugosos filetes o sazonadas viandas. Gracias al excelente producto que comercializaba y a sus bajos precios, la carne se la quitaban literalmente de las manos. 

  Friedrich “Fritz” Heindrich Karl Haarmann, fue condenado por el tribunal a veinticuatro penas de muerte por sus veinticuatro asesinatos probados, aunque él mismo confesó entre cincuenta y setenta, mientras que los investigadores llegaron a la conclusión de haber cometido más de cien. Fue una decisión fácil pues hasta él mismo pidió para sí mismo la pena de muerte buscando la manera de poner fin a su depravación. Hans Grans, su amante y cómplice, también fue sentenciado a la pena capital pero, debido a su corta edad, la pena de Grans primero se conmutó por cadena perpetua, para más tarde ser cambiada por 12 años de presidio. 
  

  Por último, el 15 de abril de 1925, con apenas cuarenta y cinco años de edad y sin haberse arrepentido nunca de las atrocidades cometidas, el carnicero de Hannover fue pasado por la guillotina. “Aquí yace el exterminador” fue el epitafio que eligió para su lápida como último deseo antes de morir, deseo que no se cumplió porque su cuerpo y sobretodo, su cabeza, fue reclamada por varios grupos de científicos para diseccionarlo y averiguar empíricamente las causas de su maldad. En la actualidad, la cabeza de Fritz  Haarmann se encuentra expuesta en la escuela médica de Göttingen, Alemania.


   Lo curioso del asunto es que nunca ningún cliente de Fritz  Haarmann sospechó de que, en un período de total carestía de carne fresca, él se las ingeniara para tener siempre un suministro constante de carne de primera calidad y lo que es mejor, a precios de risa. ¿O acaso lo sabían? ¿Me pasas ese muslito de ahí?

Fuentes:
Pasajes del Terror; Juan Antonio Cebrián Ed. Nowtilus año 2003
Fotos:


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