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Restos del U-2 de Powers. Museo del Ejército Ruso, Moscú |
Uno
de mayo de mil novecientos sesenta. Un avión espía estadounidense U-2 pilotado
por Francis Gary Powers sobrevuela el espacio aéreo soviético a más de 21.000
metros de altura con la misión de fotografiar silos de misiles
intercontinentales y una planta de procesamiento de plutonio destinado a
armamento nuclear. Aunque no exento de peligro, es un vuelo rutinario para
Powers, antiguo capitán de la Fuerza Aérea, hoy enrolado en las filas de la
CIA. A más de 21.000 metros de altitud está fuera del alcance de los radares,
misiles y cazas soviéticos. En teoría. Sin embargo hoy se va a llevar una
desagradable sorpresa. Un misil ruso S-75 Dvina derriba su avión espía U-2, Powers
es capturado, recuperando los soviéticos los restos del avión y todo el equipo
de registro de datos e imágenes del aparato para mayor vergüenza de los
americanos. Un incidente internacional de proporciones colosales en plena
Guerra Fría y una cura de humildad en toda regla para la CIA. Para evitar males
mayores, el presidente Eisenhower prohíbe el uso de aviones espía en el espacio
aéreo soviético a costa de perder capacidad de espionaje, al menos a corto
plazo. Esta decisión que podría ser un problema, en realidad supone el
espaldarazo definitivo a la primera generación de satélites espía, el llamado en
clave programa CORONA.
Desde
un primer momento se decide que la naturaleza del programa sea secreta. Sin
embargo, en los inicios de la era espacial, en un país como Estados Unidos
cualquier lanzamiento al espacio atrae la atención de todos los medios de
comunicación como moscas a la miel. Para ocultar a los rusos y a la opinión
pública la naturaleza de los satélites CORONA, se decide camuflarlos mediante
un proyecto civil falso de nombre Discoverer. Públicamente se anuncia que los
satélites Discoverer desarrollarán tecnologías necesarias para la conquista del
espacio, en concreto, aquellas relacionadas con la construcción de naves que
puedan volver del espacio. Sin embargo, todas estas milongas para ocultar el verdadero propósito del proyecto CORONA son inútiles de cara a la inteligencia
soviética, la cual muy pronto tiene noticias de su verdadera condición gracias
entre otras cosas, a que uno de los prototipos, el Discoverer-2 de la serie
KH-1, lanzado el 1 de abril de 1959, tiene la mala idea de regresar a la Tierra
a doscientos kilómetros al norte de Moscú, en pleno territorio soviético, y no
en las islas Hawaii como tenía programado. El cacharro es hallado por unos
leñadores y termina en manos del contraespionaje ruso. Paradójicamente, para la
opinión pública occidental el engaño se mantendrá durante muchos años más.
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Singapur. Foto satélite del Corona KH-4 |
Las
cámaras espaciales norteamericanas que equipan los Discoverer son desarrolladas
por Eastman Kodak, prometiendo una resolución asombrosa que permite hasta
contar el número de vehículos en un aparcamiento en cualquier lugar del mundo,
entre otras maravillas. Espectacular. Si embargo estos primeros satélites espía
tienen un ligero problemilla: la automatización de los sistemas y el envío de
las imágenes a la Tierra. Hoy en plena era digital no supone ningún problema
pero a principios de los 60, las fotos se realizan mediante impresión en
película fotográfica y esos inmensos carretes de fotos, con más de un kilómetro
de película en sus entrañas, hay que mandarlos a la Tierra antes de que el
satélite se destruya en la reentrada a la atmósfera debido a su órbita baja.
Este pequeño contratiempo termina solucionándose pero al recuperar las fotos y
revelarlas descubren con desconcierto que tienen miles de bonitas fotografías
de nubes. Cúmulos, estratos, nimbos, cirros… Los sistemas automáticos de
fotografía no distinguen un cielo nuboso de otro despejado, de un objetivo de
interés de una zona de escaso o nulo atractivo estratégico, como sí sabían
distinguir los pilotos de los U-2. Falta el factor humano. Si un hipotético
astronauta en órbita observara un objetivo de interés con un telescopio,
inmediatamente pasaría a tomar fotografías; si el objetivo no tenia gran
interés, solo se haría una descripción del mismo, ahorrando de esta manera
material y agilizando el proceso de búsqueda y estudio detallado de objetivos
militares. Por tanto, es imprescindible poner en órbita a un ser humano para
que realice estas tareas de espionaje. Con ese objetivo nace en diciembre de
1963 el proyecto del Laboratorio Orbital Tripulado (MOL)

El MOL es un proyecto que en la actualidad aun sigue
clasificado como alto secreto pero se pudo saber de su existencia en el año
2005 cuando un par de técnicos de la NASA, encontraron dentro de una gran caja en
una antigua habitación cerrada bajo llave del Complejo 5/6 de Cabo Cañaveral, unos
extraños trajes de astronauta muy parecidos a los del proyecto Gemini, solo que
en color azul, uno de ellos con una etiqueta en una manga con el nombre de R.
Lawyer, un misterioso nombre que no aparecía en la lista de astronautas de la
NASA desde los lejanos tiempos del vuelo de Alan Shepard hasta nuestros días. A
partir de entonces, las pesquisas sobre la existencia de aquellos sorprendentes
trajes de astronauta han sido laboriosas puesto que el proyecto MOL, como
decíamos antes, sigue clasificado en gran parte como alto secreto, pero los
investigadores del caso han podido sacar a la luz hechos insólitos,
desconocidos por gran parte del mundo, aunque no para los soviéticos .
Ante
la imposibilidad de usar los aviones espía U-2 en el espacio aéreo soviético y
la escasa operatividad de los incipientes satélites espía, Estados Unidos pone
en marcha el proyecto MOL. Al ser un proyecto puramente militar, este no puede
ser puesto en marcha por la NASA, una agencia civil cuyo principio fundamental
es la investigación y el uso pacífico del espacio. Para ello, el grueso del
proyecto se adjudica a la Fuerza Aérea, con el imprescindible apoyo logístico de
la NASA pero manteniendo a la Agencia Espacial al margen de las operaciones
militares secretas.
El
plan básico para la construcción del Laboratorio Orbital Tripulado era usar una
cápsula Gemini como módulo de mando y adosarle una cabina más grande, del
tamaño de una vieja furgoneta Volkswagen, llamada “módulo de misión “. Para
ello, hubo que rediseñar la cápsula Gemini, añadiendo una escotilla en la parte
del escudo térmico que permitiera el tránsito de los astronautas-espía desde el
módulo de mando al módulo de misión, atravesando el módulo de servicio. A esa cápsula se la llamó Gemini-B, una de
las cuales podemos ver en la Galería de Misiles y del Espacio en el Museo
Nacional de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Todo el conjunto sería
puesto en órbita por un cohete Titán III-M. Los astronautas permanecerían en la
cápsula hasta alcanzar la órbita y luego pasarían por la escotilla y el angosto corredor, al módulo de
misión o laboratorio. Al término de su período programado de treinta días
orbitando la Tierra, subirían de nuevo en la cápsula, se desacoplarían del
módulo de misión y volverían a entrar en la atmósfera para regresar a casa,
mientras el laboratorio se destruía automáticamente al reentrar en la
atmósfera.
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Astronautas del proyecto MOL. Foto Ed Hengeveld |
Obviamente,
el grueso de los astronautas espía se eligieron de entre el selecto grupo de pilotos
de pruebas de la Base Aérea Edwards, con un requisito indispensable: los
candidatos deben poseer un título universitario en un campo de la ciencia o
ingeniería, o haberse graduado en una academia militar con grado universitario.
Aunque muchos de ellos eran de otras ramas de servicios, la mayoría eran ex
alumnos de la escuela de pilotos de pruebas de la Fuerza Aérea, que en ese
momento estaba encabezada por el entonces coronel Charles E. "Chuck" Yeager,
una auténtica leyenda en las Fueras Aéreas, protagonista del primer vuelo
supersónico de la historia. Los astronautas del proyecto MOL fueron Michael J.
Adams, Albert H. Crews Jr., John L. Finley, Richard E. Lawyer, Lachlan Macleay,
Francis G. Neubeck, James M. Taylor, Richard H. Truly, Karol J. Bobko, Robert
L. Crippen, C. Gordon Fullerton, Henry W. Hartsfield, Jr., Robert F. Overmyer,
James A. Abrahamson, Robert T. Herres, Robert H. Lawrence, Jr. y Donald H.
Peterson, muchos de ellos vinculados años después a la NASA volando algunos en
misiones del Transbordador Espacial. En este grupo selecto de las Fuerzas
Aéreas, se encuentra el primer astronauta negro de la historia, el comandante Lawrence, quien trágicamente perderá la vida en diciembre de 1967 en el
accidente de su avión F-104.
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Gemini-B. Museo Nacional de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos |
Mientras
el Secretario de la Fuerza Aérea Eugene M. Zuckert anuncia que tres empresas,
Douglas Aircraft Company, General Electric Company, y The Martin Company, han
recibido la autorización para comenzar a trabajar en los estudios de la
estación espacial, los astronautas de la Fuerza Aérea comienzan sus
entrenamientos en el más absoluto de los secretos. Ni siquiera las esposas de
los pilotos están autorizadas a saber a lo que van a dedicarse sus maridos en
un futuro próximo. Pero un proyecto de tal magnitud no pasa inadvertido tan
fácilmente. Para legitimar el plan frente a la opinión pública y de paso
engañar a los soviéticos, en el verano de 1965 Lyndon Johnson, presidente de la
nación desde hace dos años, en un grandilocuente comunicado televisado a toda
la nación dice: “He dado hoy
instrucciones al Pentágono para proceder al desarrollo de un Laboratorio
Orbital Habitado. Este programa nos aportara nuevos conocimientos sobre las
capacidades del hombre en el espacio. El desarrollo de este laboratorio costara
mil quinientos millones de dólares”. Evidentemente, en ningún momento se
habla de espionaje a gran escala. De cara al mundo y a los contribuyentes, los
propósitos del proyecto quedan claros: el estudio ciencias de la tierra, la
astronomía y las pruebas de subsistemas espaciales como los paneles solares y
las comunicaciones por láser. Sin embargo, la intención final siempre fue otra.
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Escudo térmico Gemini-B. Museo Nacional de la Fuerza Aérea |
Con
mucho retraso sobre la fecha de puesta en órbita del proyecto inicial, los
técnicos siguen trabajando en el desarrollo del MOL. Conscientes de que la
resolución de las imágenes es fundamental pues cuanta más resolución disponga
la imagen, mejor se podrán ver los objetivos a retratar, equipan al modulo de
misión con un aparato de aumento innovador denominado KH11, dotado de un
sistema de reflexión tan avanzado y preciso que será utilizado hasta finales de
los años 90 en diferentes misiones de la NASA. Problemas como el de la
velocidad de rotación de la Tierra y la de desplazamiento de la nave a la hora
de fotografiar objetivos concretos, son solucionados con audaces captadores de
movimiento que permiten que las imágenes tengan la mejor nitidez posible. Posteriormente,
las imágenes captadas serían tratadas con ordenadores de la época que, para
hacernos una idea, tenían una potencia similar a una calculadora de hoy en día.
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Lanzamiento Gemini-B Titan, 6-11-1966 |
El
6 de noviembre de 1966 se hizo un lanzamiento desde el Complejo 40 de la zona
militar de Cabo Cañaveral de un cohete Titán III-C con una cápsula Gemini-B en
su parte superior, sin tripulación, con el propósito de averiguar si el escudo
térmico de la nave espacial con aquella extraña escotilla adosada, un rediseño
estructural profundo en el planteamiento original de la cápsula Gemini,
aguantaría la reentrada a la atmósfera. La misión fue todo un éxito. Sin
embargo, los continuos retrasos en el proyecto, junto con el exagerado aumento
del presupuesto -en 1.968 los americanos habían gastado unos 3.000 millones de
dólares-, el final de la presidencia de Lyndon B. Johnson -un enamorado del
proyecto MOL- seguido de la llegada al poder de un Richard Nixon asfixiado
económicamente por la guerra de Vietnam, así como la llegada del hombre a la Luna y, lo
que es más importe, el desarrollo cada vez más avanzado de los satélites-espía
no tripulados, que hacen innecesaria la intervención humana en el espacio en
materia de espionaje, provocan que el 10 de junio de 1.969, el proyecto MOL sea
cancelado por el Ministerio de Defensa. Los más jóvenes de entre el personal
militar capacitado para ser astronauta del MOL fueron transferidos a los programas Skylab y Shuttle de la NASA, el cohete Titán III-M nunca se construyó, el complejo de
lanzamiento SLC-6, la base aérea de Vandenberg, construida especialmente para
el proyecto MOL, se utilizo en pruebas estáticas del transbordador Enterprise y
parte de la tecnología desarrollada para el módulo de misión, se utilizó en el
proyecto Skylab, la primera estación espacial estadounidense que orbitó
alrededor de la Tierra de 1973 a 1979.
Siete
de los astronautas MOL transferidos a la NASA volaron en el transbordador
espacial. Bob Crippen salió al espacio como piloto al lado de John Young en la
misión STS-1, el primer vuelo del transbordador espacial en 1981 y efectuó
otros tres vuelos más. Anteriormente, en junio de 1972, Crippen, Karol y Bobko
pasaron 56 días en el laboratorio orbital Skylab con el científico-astronauta
Bill Thornton. Bobko voló tres veces más en el transbordador espacial como
piloto y capitán y Peterson hizo su primera misión (STS-6) en 1983 como
especialista de la misión, durante la cual procedió a la primera actividad extravehicular
de la lanzadera en el espacio.
Obviamente,
los soviéticos que en esto del espionaje no tenían -ni tienen- un pelo de
tontos, conocieron desde el primer momento la existencia del proyecto MOL y sus
verdaderas intenciones. Como respuesta pusieron en marcha su particular
proyecto de laboratorio espacial espía tripulado, el ALMAZ, con mucho más éxito
que el fallido MOL, pero esta historia la dejaremos mejor para una futura
entrada.
Fuentes:
Coordenadas Google Maps
Vandenberg Air Foce
Base: 805-606-1110
Cabo Cañaveral, Centro
de Lanzamiento: 28.458683, -80.533116
Edwards, Base de la
Fuerza Aérea: 34.915883, -117.893324
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