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Doramad, publicidad diario La Vanguardia |
Para
terminar con esta serie dedicada a la energía nuclear, vamos a dejar a un lado
las pruebas de armamento atómico, las catástrofes nucleares y los paisajes
desolados vistos en las anteriores entradas. Tampoco voy a entrar en la
vertiente terapéutica y de diagnóstico de la medicina nuclear, practicada en
los hospitales y centros sanitarios que disponen de un Departamento de
Radiología y de un Departamento de Medicina Nuclear. Para poner un broche de plutonio a la serie dedicada
al átomo, vamos a hablar un rato de la energía atómica aplicada al consumo
humano ¿Comoooooo? ¿Al consumo humano?
Eso es. Habéis leído bien. Artículos puestos a la venta al alcance de casi cualquier
bolsillo, en supermercados, grandes almacenes, farmacias, droguerías,
jugueterías, joyerías y en cualquier tiendecita que se os ocurra.
Pero
tranquilos, que no cunda el pánico. A día de hoy, que sepamos, ya no están a la
venta estos inofensivos productos, aunque hubo un tiempo, entre los años 1920 a
1960, que causaron furor entre los consumidores. Furor… y alguna que otra lamentable
dolencia más. Pero no adelantemos acontecimientos. Dejad primero que me acabe este
sabroso chocolate a la taza preparado con una tableta Burk & Braun y me cepille los dientes con Doramad. Después de saborear un sabroso chocolate alemán, una buena
higiene dental es esencial para disfrutar de una sonrisa radiante.

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Casco radiactivo rizador de pelo . ¿Rizos de muerte? |
En
la actualidad, todo esto nos puede parecer chocante, asombroso e inverosímil
pero a principios del siglo XX, los efectos de la radiactividad en el organismo
eran totalmente desconocidos. Incluso se pensaba que sus propiedades eran
beneficiosas o en todo caso, inofensivas. Solo se descubrió el resultado del
envenenamiento por radiación cuando cayeron las primeras víctimas. Pero como en
esta última entrada dedicada al tema no quiero ponerme apocalíptico (no
pretendo ser el nuevo Pedro Piqueras), vamos a verle el lado cómico a todo este
asunto, ya superado y un tanto lejano en el tiempo. Para ello, hoy traemos a El Pozo de Esparta un abanico de
magníficos artículos, todos ellos con la radiactividad como elemento común en
su composición. Hoy nos parecerán disparatados pero pensad que para nuestros
abuelos eran sinónimo de modernidad y progreso. Aviso: por sus nombres, algunos
os parecerán inventos del Dr. Heinz
Doofenshmirtz, más conocido como el científico loco de la serie Phineas y Ferb, con la diferencia de que
estos son reales. En fin, comencemos:
THO-RADIA:
En
1933, el farmacéutico Alexis Moussali y el médico parisino, Alfred Curie,
pusieron en marcha una serie de productos de belleza radiactivos, primero en la
Rue des Capucines y después en el 146 de la Avenida de Victor Hugo, en París.
Alexis Moussali era el cerebro detrás de la operación comercial mientras que
Alfred Curie era un nombre inventado para dar prestigio al laboratorio. De
hecho, el tipo no tenía la más mínima relación con Marie y Pierre Curie e
incluso se sospecha que ni siquiera era médico. La gama de productos, que
incluía leche limpiadora, crema para la piel, polvo, colorete, lápiz de labios
y pasta de dientes, contenía cloruro de torio y bromuro de radio, ambos
radiactivos. Tho-Radia era un producto relativamente caro para la época. Por
poner dos ejemplos, la crema se vendió por 15 francos el tarro y la pasta de
dientes a 6 francos el tubo. Un disparate para la época. A pesar del precio, de
que los productos eran los causantes de que las señoras perdieran los dientes o
se quedaran calvas, Tho-Radia se vendió en Francia desde 1933 hasta principios
de 1960.
RADITHOR:
El
buscavidas William J.A. Bailey se hizo de oro en la década de los años 20 del
siglo pasado gracias a la patente de un medicamento llamado Radithor. Fabricado por los Laboratorios Bailey Radium, Inc., de
East Orange, New Jersey, el brebaje en cuestión no era más que agua destilada
en un frasquito. Bueno, agua destilada aliñada con radio. A Bailey el negocio le iba sobre ruedas hasta que al magnate,
ex campeón nacional de golf norteamericano y gran consumidor de Radithor, Eben M. Byers, le dio por
morirse. Aunque claro, Byers no murió sin más. Antes de entregar el correaje,
el finado parecía un monstruo deformado, devorado por el cáncer, con la médula
ósea devastada. Fue una simple casualidad que de 1927 a 1931, Byers consumiera
más de mil frasquitos de Radithor. La
muerte causada por envenenamiento masivo por radio de un personaje importante de la sociedad americana,
contribuyó a la introducción de normas de regulación del uso de radioisótopos
en los artículos de consumo. Ni que decir tiene que tanto Radithor como otros remedios radiactivos desaparecieron de las
farmacias americanas. No así en Europa. Ochenta años después, los frascos de Radithor que aun sobreviven en manos de
coleccionistas, siguen siendo peligrosamente radiactivos.
REVIGATOR:
Revigator,
la jarra Brita de nuestros abuelos, fue comercializada durante los años 20 y
30, solo que esta, en vez de depurar, lo que hacía era añadir al agua una
pequeña dosis de radio y uranio, para mejorar la salud, prevenir la tos del
abuelo y esas cosas. Su publicidad decía:
“Rellena la jarra de agua cada noche. Bebe tranquilamente cada vez que tengas
sed hasta completar una media de seis vasos al día. Los millones de rayos
penetran en el agua para formar ese saludable elemento que es la
RADIO-ACTIVIDAD. Al día siguiente, toda la familia dispone de seis litros de
auténtica y saludable agua radioactiva”. Perturbador.
DORAMAD:

Hasta
muchos años después nadie asoció que, después del uso prolongado de Doramad, la
gente padeciera enfermedades de la visión como cataratas o que los dientes se
les cayeran a pedazos literalmente. Eso sí, dientes blanco nuclear sin una sola
caries. La radiactividad mataba a todas las bacterias y demás guarradas que
campan a sus anchas por nuestra boca.
UNDARK:
Gracias
a sus propiedades fluorescentes, a principios del siglo XX la pintura a base de
radio era muy común en las esferas de los relojes. Undark, una pintura luminosa patentada y producida por US Radium Corporation a partir de la
depuración del radio y comercializada entre 1917 y 1938, era empleada por el
ejército americano en sus aparatos e instrumentos de uso nocturno. La fábrica
empleaba a 70 trabajadoras pintando a mano el instrumental con un delicado
pincel de camello, sin otra protección ante la radiación que un bonito uniforme
corporativo. Un pincel al que chupaban sus cerdas impregnadas de pintura radiactiva
para que el trazo fuera más fino y delicado. Muchas de ellas se ponían la
pintura fluorescente a modo de broma o como coquetería, en uñas, dientes y pelo
e incluso se la aplicaban en los labios para resultar atractivas a sus maridos.
En 1925, el 80 por ciento de las mujeres empleadas en la fábrica habían
desarrollado anemias neoplásicas, necrosis y lo que más tarde se denominó “mandíbula de Radio”, enfermedades que
con el tiempo acabaron llevándolas a la tumba una a una. Ante las acusaciones de las trabajadoras, la compañía se defendió
diciendo que la causante de todas sus dolencias era la sífilis. Encima de radiadas, acusadas de promiscuas. Al final se
hizo justicia a medias y un tribunal condenó a la empresa a pagar a cada una de
las chicas 100.000 dólares como indemnización y una renta vitalicia de 600 dólares
mensuales. Justicia a medias porque muchas de ellas no llegaron a cobrar ni una
sola mensualidad.
…
y ahora llegan mis tres artículos favoritos:
RADIENDOCRINATOR:

VITA RADIUM:

NUTEX RADIUM:

A
pesar de que, finalmente, se terminaron conociendo los efectos nocivos de la
radiactividad, adjetivos como radiante, atómico,
nuclear, luminoso o refulgente quedaron
instalados en nuestro lenguaje cotidiano para resaltar a cualquier objeto,
situación o propiedad, como algo excepcional y exclusivo.
Fuentes:
Literary Digest, 16 de abril 1932.
Una fuerte descarga de electricidad estática acaba de recorrer todo mi cuerpo...Los pelos de punta!!!!!
ResponderEliminarPara los pelos de punta te aconsejo el casco ondulador radiactivo. Mano de santo. ;)
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